Sociedad Tolkien Uruguaya

2do premio Quenta-Mellon 2005 - Autora: Susana Sussmann

Quiero agradecer a Andrés Yánez por la idea y por habernos enseñado que no siempre es cierto que el malvado bueno es el malvado muerto.
Entre las canciones que los hombres aún recuerdan vagamente en lenguas élficas, una de las más tristes ha sido la que cuenta la trágica y dulce historia de Lôthnen, la Flor del Agua, recordada en los poemas como Istarisercë, la Hechicera de la Sangre, y de su amado Alquaëlin, llamado por los elfos Güargrúma, El que Corre como un Lobo, y de cómo fueron corrompidos por el poder del malvado Melkor y volvieron junto a los Primeros Nacidos.
Se dice que Lôthnen y Alquaëlin eran inspiración de bardos y poetas por el tierno amor que se profesaban. Desde niños se sabía que iban a terminar juntos, y nadie hubiera jamás osado tratar de obtener siquiera una mirada de la hermosa Dama quien no hubiera prestado atención a otro que no fuera su eterno amor. Su boda fue de las más celebradas en Dorthonion y larga vida les fue deseada.

Cuentan que la desdicha llegó al pueblo cuando huestes de orcos llegaron a quemarlo todo, matando hombres, mujeres y niños, y llevándose a los más bellos de entre los Eldar como una burla a Ilúvatar y sus Hijos. Lôthnen y Alquaëlin tuvieron la desgracia de sobrevivir al ataque y pasaron por las más terribles torturas, que corrompieron sus cuerpos y quebraron sus almas. Pero Lôthnen esperaba un niño cuando fue capturada, y por un extraño milagro jamás perdió al bebé durante su lenta y dolorosa transformación en orco.
Sucedió que Gorgûl, la Hechicera Aterradora, como fuera llamada la desgraciada madre, dio a luz en medio de una batida de reconocimiento. Sintiendo los agudos dolores del parto y sin estar del todo consciente de lo que estaba pasándole, se separó del grupo y fue a parir entre los bosques. Carachdraug, Colmillo de Lobo, quien apenas recordaba que algo lo había unido alguna vez a Gorgûl, la vio alejarse y decidió seguirla. Nadie sabe exactamente lo que pudo suceder entre los árboles, pero los Eldar suponen y así lo relatan, que de Gorgûl nació un niño casi totalmente elfo, casi perfecto. Y que su piel blanca y sus ojos límpidos hicieron que algo de cordura volviera a los atormentados padres.

Las canciones cuentan la tortura que debió desencadenarse en sus corazones, el sufrimiento que ambos pudieron sentir cuando se dieron plena cuenta del milagro y maldición que tenían en sus manos. Dos miserables orcos con un niño elfo, al que amaban como si nunca se hubieran transformado en seres abominables.
Gorgûl y Carachdraug tuvieron suficiente sentido común para no volver con los demás orcos y huyeron del lugar. Muchas veces se sintieron tentados de abandonar al niño, a quien no se atrevieron a poner nombre, pero el pequeño mostraba signos inequívocos de la corrupción de su madre. En otras ocasiones pensaron en darle una muerte rápida y sin dolor, para que no tuviera la desgracia de crecer como un paria, pero siempre les faltó valor. Y por meses vagaron por la Tierra Media sin darse apenas cuenta de que cada paso que daban los acercaba más a las tierras de los Primeros Nacidos y que pronto su presencia no tardaría en ser descubierta.
Así fue como un grupo de exploradores los vio una tarde, mientras ellos disfrutaban de una frugal comida a base de la poca caza que Carachdraug había podido conseguir. A la vista de orcos, aunque fueran solamente dos, los exploradores no vacilaron en atacar, y las flechas hirieron a Gorgûl y mataron a Carachdraug. Gorgûl se lanzó sobre el pequeño para protegerlo con su cuerpo, pero los Eldar creyeron que habían robado a un niño elfo y trataba de comérselo. Uno de ellos sacó su espada sin pensarlo y la apartó del bebé golpeándola con el mango. Gorgûl se puso frenética y sus instintos se impusieron al sentido común. Se lanzó rugiendo sobre el elfo, quien la atravesó con un golpe de su espada. Gorgûl cayó al suelo mortalmente herida, escupiendo sangre.

Y así el otro Eldar, que sostenía al niño en sus brazos, vio las lágrimas que caían de los ojos del orco moribundo y, pestañeando con incredulidad, cayó en la cuenta de que era muy delgado para ser orco y que el bebé era un elfo deforme. Siguiendo un inquietante instinto se acercó al moribundo y le preguntó quién era. Gorgûl sólo atinó a susurrarle que criara a su hijo, que él no tenía la culpa de lo que habían sido sus padres, y dicho esto quedó inconsciente.

Viendo el error que habían cometido, los Eldar curaron al orco herido lo mejor que pudieron y quemaron el otro cuerpo como si de un elfo se hubiera tratado. Cuando Gorgûl volvió en sí, luego de semanas de luchar contra la fiebre y la infección, se encontró en una cama suave que le trajo recuerdos de cuando no había sido un monstruo, y se incorporó y vio una cuna cerca de la cama. Su hijo estaba allí. Y la Dama que lo atendía lo llamaba Lissënónar, Dulce Nacido. Gorgûl suspiró como si fuera un elfo, pero de su garganta salió un gruñido de orco. La nana dio un salto y puso cara de espanto, a punto estaba de salir corriendo, cuando un elfo alto y bien vestido entraba en la habitación.
Cuentan que el Señor de aquellas tierras escuchó la historia de boca de Gorgûl, y que su dolor fue grande y su rabia inmensa. Dicen que juró eterna venganza de los Primeros Nacidos en contra de Melkor y que sus descendientes se contaron entre los más valientes que lucharon por la Tierra Media. También se cuenta que Gorgûl lloró mucho la muerte de su esposo, y que los Eldar cantaron largas noches por el reposo del alma del que recobró la cordura y la virtud. Por mucho tiempo no volvió a saberse de orcos hembras, por lo que los Eldar supusieron que Melkor aprendió de su error y nunca volvió a capturar mujeres para sus terribles designios.
Y esta historia hizo más sabios a los elfos, que comprendieron que la maldad no es algo absoluto en el mundo, que hasta los más malvados pueden tener bondad en sus corazones, porque sólo son desviaciones de los Hijos de Ilúvatar.

A Gorgûl se le permitió partir con Lissënónar de los Puertos Grises hacia Valinor, como compensación a todos sus sufrimientos. Su cuerpo jamás volvió a ser bello como el de un elfo, porque la corrupción de Melkor es incurable, mas en ese feo cuerpo habitaba aún el alma de una madre Eldar llena de amor.

Aún hoy los hombres que habitan las tierras que una vez fueron hogar de los elfos esperan que volverán de las Tierras Imperecederas los descendientes de Lissënónar a enseñarles que entre el blanco y el negro hay muchas tonalidades de gris, y que lo único que Ilúvatar creó en realidad fue bueno, y que la maldad sólo es una enfermedad contra la que deben luchar y vencer.

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3 Comentarios

  1. - Susana Sussmann dice:

    Oigan, la autora de este cuento soy yo. :-P



  2. - Anarninque dice:

    Es verdad, estaba equivocado y ya fue corregido… ya te he enviado un mail Susana.

    Un saludo!



  3. - Susana Sussmann dice:

    Muy agradecida. :-D



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