Por: Beleg
Valinor
Tulkas y Eonwë sonreían. No era una sonrisa de alegría, sino expresión de su deseo de venganza. Nunca, ninguno de los dos, habían confiado en la obra de los Senescales. Ni en Cúrumo, el Senescal de Aulë, poderoso entre los Maiar, pero, a su juicio (por lo menos al juicio de Eonwë, que Tulkas no solía pensar demasiado), débil frente a las tentaciones, y al que su propio poder había corrompido; ni en el sabio Olórin, su sustituto, que había él mismo ante su señor Manwë declarado su incapacidad para la tarea. Pero Manwë no lo había escuchado, confiaba en su temor como arma, por medio de la precaución y el esfuerzo.
Ellos sabían la decisión final del Consejo. En su presciencia conocían cuál sería el veredicto de Eru, el último en ser consultado, por medio de Manwë, y en ratificación de lo que emergiese de la reunión de los Valar. Tulkas en ello llevaba ventaja, ya conocía de la voluntad de Ilúvatar, por haber sido enviado para auxiliar en la lucha contra Melkor: incidir lo menos posible, respetar la libertad, pero llevar el destino de Arda en dirección del Tercer Tema.
Es que al resonar la Música, Tulkas, que no era gran amante de lo sofisticado y había escogido cantar una melodía armoniosa pero sencilla, tuvo tiempo de escuchar algo que ningún otro Ainu pudo, esmerados todos en su Creación: por debajo de la Melodía que generaban sus hermanos, Eru tarareaba. Algo sencillo, tan sólo lo suficiente para compensar los leves defectos de la hermosa Composición, tan sólo para unir la armonía y las disonancias. Cantaba con voz profunda y poco potente, tan sólo unas notas, pero cantaba.
Eonwë dijo, ya preparé mi espada; hiciste bien, le respondió Tulkas, a mí me bastan mis manos, toda arma es impotente ante ellas. Lo sé, fue la respuesta.
La voz de Manwë en el templo que descollaba en la cima del Taniquetil obtenía respuesta: Hazlo, es Mi deseo; Pero habíamos decidido no intervenir más, pues cada intervención deviene en un mal mayor, incluso ahora, cuando tratamos de no actuar, sino sólo ayudar con algo de sabiduría; Y así debía ser, y debe ser su ejemplo para que asuman la responsabilidad de lo que han creado, lo malo no es intervenir, sino la forma de hacerlo, ahora ya estáis más maduros, y podréis hacerlo, se le respondió.
Manwë volvió decidido; Námo, esta es la batalla final, el comienzo del tercer tema; abre tus estancias. Mandos respondió altivo Ya lo sé, lo supe en cuanto viniste. Vairë ya lo ha tejido. Aulë alzó la voz: Hermano, abrirás también las Estancias de mis hijos. Todos son necesarios, Aulë, saldrán Dúrin y Fëanor, Thror y Fingolfin.
Como convocados a su mención aparecieron los nombrados, vestidos para la batalla: de acero los elfos, de mithril y plata los enanos. El deber no daba lugar a los afectos, aunque se vio a Ingwë, Finge y Elwë Singollo unirse en un abrazo, y en otro a los Siete Padres de los Enanos, únicas manifestaciones de afecto que el deber permitió.
Una voz se oyó ¿Y los Hombres?. Ellos permanecerán cumpliendo su destino hasta la Reconstrucción. ¿Y el Hobbit?. Aquí estoy, respondió una vocecita pausada y segura. No puede faltar Bilbo, es parte de su Destino. Gandalf hablaba con voz sombría.
Olórin, no debes sentir desánimo, tu fracaso no es tuyo, sino mío. Manwë hablaba con voz torva, en su majestad, había comprendido su último error. Eru mismo lo había absuelto y le había mostrado el camino. El final de sus trabajos estaba cerca. Arda Inmaculada volvería. Y quizá las lámparas. Y quizá los árboles….
Eonwë lo encabezaba, Tulkas cerraba la marcha. Entre ellos millones, Valar y Maiar, Elfos y Enanos y un Hobbit. Todos a las naves Telerin. Todos en brazos de Ulmo y bajo el soplo de Manwë, haciendo temblar la obra de Aulë hacia la Batalla, hacia el Destino. La Batalla Final.
Y luego…Luego el Destino.
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