Por: Anton Aus Tirol
El camino hacia Fishage estaba muy maltraído. Con mucha imaginación y algo de dificultad se podía distinguir del resto de la pradera.
En una carreta tirada por dos mulas iban Glorinda y Finorino con su hijo Hidetuur de quince años y todas sus pertenencias. El viaje fue mucho más largo de lo que habían pensado pero les esperaba la paz y prosperidad del pequeñísimo pueblo pesquero. Lejos de todos los reinos y sus problemas. Nadie pelearía por un pueblo como aquel. Con apenas unos cientos de habitantes, sin templos ni riquezas, ni poderosas armas o grandes guerreros.
Luego de una semana de marcha sobre la carreta, llegaron al preciado pueblo. Terminaron la larga marcha justo al centro de las pocas chozas del pueblo. Posaban sobre fuertes y viejos pilares, pulidos por las inclemencias del tiempo y por las crecidas del mar.
Finorino fue el único en ir al encuentro del pequeño y viejo hombre, que les esperaba en las escaleras de la casa más grande del poblado.
Mi padre le saludó muy cordialmente y comenzó a hablarle. Mi madre me decía que le estaba explicando porque habíamos venido al pueblo, para que el señor jefe del pueblo nos dijese donde podíamos quedarnos para comenzar a construir nuestro nuevo hogar y para poder comenzar a trabajar la tierra.
No más de unos minutos después mi padre volvió rápidamente y nos dijo que nos habían invitado a quedarnos, esa noche, en aquella casa. Pero él había declinado el ofrecimiento, aunque si le había aceptado la cena. Esa noche nos indicaron donde había buenas tierras para trabajar, y como funcionaban las cosas en el pueblo.
Fue así como comenzó mi vida en Fishage.
El día siguiente construimos una pequeña choza en las afueras del pueblo. Muy rústica, pero alcanzaba para poder comer y dormir protegidos de las inclemencias del tiempo. Protegidos del radiante sol y la fría lluvia comenzamos a trabajar la tierra. Plantamos todas las semillas y algunas plantas que trajimos desde el oeste. Esperábamos que brotasen con mucha fuerza.
No teníamos muchas pertenencias debido a los altísimos impuestos del Reino a causa de una absurda guerra.
Pero ahora todo sería diferente, ya no pasaríamos más penurias ni hambre. Y el fruto de la mayoría de nuestro trabajo sería para nosotros, no para la guerra.
Eso es lo que me repetían una y otra vez mis padres. Yo no entendía muy bien lo que era la guerra. Y cuando preguntaba que era, me respondían, “Es algo muy malo que nos quita todos los frutos de nuestro trabajo, nuestros hijos y nuestros amigos. TODO. Es por eso que nos fuimos lejos de La Guerra” Y seguían con lo que estaban haciendo, sin darme mucha más importancia.
Ya había escuchado muchas historias sobre la guerra. La gente pasaba hambre y enfermedad. Y estaban constantemente asediados por el enemigo. Seres crueles y malvados que no hacían más que matar y matar por doquier.
Pero ahora estábamos en Fishage. Y la guerra no nos encontraría aquí.
Mi casa estaba a una hora de camino del pueblo, el viaje teníamos que hacerlo caminando ya que la carreta no había resistido muy bien el camino y necesitaba de reparaciones. Construimos la choza al lado de un pequeño arroyuelo que provenía de un bosque que teníamos hacia el oeste. El bosque se extendía hacia el sur hasta perderse de vista, y mucho más. Mi tarea era construir un pequeño estanque para mantener el agua del arroyuelo para los días de sequía. Así que cavé un buen pozo, lo cubrí con arcilla y desvié parte del agua del arrollo al pozo.
Luego de terminadas mis tareas, aburrido y sin saber que hacer, decidí salir a explorar.
Comencé a caminar hacia el bosque, que era donde siempre nos dirigíamos con mi hermano antes de que partiese a la guerra. También tengo otro hermano al que no recuerdo, ya que partió, cuando yo era muy chico, a la guerra. Y mi hermana, que era hermosa, se fue con su novio, también a la guerra. Se fueron a la guerra así como todos nuestro cultivos y nuestro dinero y nunca más los volvimos a ver.
Pero yo estoy a salvo de eso. Pensaba mientras miraba de frente los primero árboles del inmenso bosque. Enormes árboles, al comienzo. Inmensos, más atrás.
“Los bosques siempre están llenos de misterios, porque están llenos de vida. Y la vida es un gran misterio” Fue algo que me dijo mi hermano antes de partir.
Me interné un poco en el bosque, con ese pensamiento fermentando en mi mente. Y hubo un momento en que no pude aguantar más. Y lloré. Y odié a La Guerra.
Quería ver a mi hermano.
Y en el medio de mi tristeza comencé a oír un canto. Un hermoso canto. Triste y profundo pero hermoso. Y detuve mi tristeza para poder oír el canto.
Su origen provenía de las entrañas del bosque, aún así, seguí el camino de la melodía como una abeja vuela a la flor más bella para beber su néctar.
A cada paso que daba más claro se escuchaba el canto, y cuando parecía que encontraría su origen todo terminó. Tan repentinamente como comenzó, llegó el final de la canción.
Mire todo alrededor, y al girarme sobre los talones me encontré con él.
Estaba parado, bien recto y mirando hacia abajo, con las manos sobre sus caderas, vestido todo de verde, en varias tonalidades oscuras. Tenía una capa puesta sobre sus hombros que le confundían con el resto del bosque. El pelo largo y oscuro caía lacio sobre sus hombros y espalda. Me miraba con mucho interés y con una gran sonrisa en la cara. Sus ojos oscuros y vivases eran una notoria señal de que no era del pueblo. Nunca había visto un hombre con esa energía y color en su rostro. Ni siquiera en la ciudad.
- Buenos días joven explorador. Casi me sorprendes. Es más fácil cuando eres pequeño, y no gordo y torpe como todos los hombres que se internan en el bosque. Hacen tanto ruido que los escucharía a varias millas. – dijo mientras hacia una muy graciosa representación de un enorme hombre gordo caminando por el bosque. Haciendo el mayor ruido posible con pisadas, bufidos y sonidos de cansancio.
- Soy Hidetuur – le respondí medio riéndome.
- Yo soy Ermientar – dijo mientras extendía su mano para saludarme.
- Hola Ermientar, ¿Vivís acá?, ¿En el bosque? – estreché mi mano en la suya, y él me saludó con la fuerza y gentileza justas. Un sentimiento creció en mi pecho. Me pareció ver a mi hermano en sus ojos.
- ¡Valla! Parece que tenemos a un verdadero observador aquí. Estás en lo correcto. Y por tu audacia parece que tu tampoco eres de aquí. Los pescadores de Fishage no suelen venir al bosque. No les gusta y le temen. Hace mucho tiempo que no tengo visitas. Parece que los grandes aventureros escasean en el este de la Tierra Media.
“ Pero, basta de charlas, ¿qué te parece algo de comida? Tengo muy ricas frutas y panes. Y todavía es temprano, así que tus padres no deben de estar preocupados. Vamos, sígueme.”
Y comenzó a caminar, a internarse más aún en el bosque.
Ahora cantaba otra canción, una alegre. Como esas que se cantan cuando se va de paseo con amigos. Cuando repetía alguna estrofa yo le acompañaba, aunque no entendía lo que decía. De todas formas fue una caminata divertida.
Rápidamente llegamos a su morada que consistía en una decena de pequeñas chozas camufladas por enredaderas y plantas diversas. Algunas colgaban de los árboles y se conectaban mediante puentes colgantes a gran altura, otras posaban placidamente sobre la tierra. Me tomé un pequeño tiempo para apreciar todas las construcciones. Parecía un pequeño poblado.
Había una casa en especial, una casa de piedra, toda cubierta por el musgo y las enredaderas. Con una puerta de madera oscura, de muy buen grosor. Había una ventana de la misma madera al lado de la puerta y una chimenea saliente detrás de la casa. Era la única casa que no parecía realmente abandonada, aunque todas estaban en buen estado, era la única que parecía alojar vida inteligente y civilizada. Y fue allí a donde se dirigió Ermientar. Y fue allí, donde yo también me dirigí. Él abrió la puerta y se quedó esperando con una gran sonrisa al lado de la puerta, indicándome que pasaría después de mí.
El interior era muy cálido, estaba todo prolijo y ordenado. Tenía varias mesas con diversas cosas en cada una, una con herramientas, otra, debajo de la ventana, con papeles, otra, cerca de la estufa, con hoyas y platos. Tenía varias series de estantes con una increíble cantidad de libros y una cama al fondo de la casa. Pero no había divisiones en la casa, la única puerta era la de entrada. En una pared tenía colgados un impresionante arco negro con su carcaj lleno de flechas, dos espadas enfundadas, una cota de malla y un estandarte verde y negro con un árbol bordado en dorado.
Yo me quedé a un costado, tal como me fue enseñado, sin tocar nada mientras observaba maravillado. Ermientar se acercó a la mesa de las hoyas y sacó un enorme pan de una caja de madera.
- No esperaba visitas, sino hubiese preparado algo más exquisito. – Dijo irónicamente mientras cortaba algunas rebanadas, luego les untó manteca.
- En la ciudad de donde vengo, solo podíamos comer pan con manteca una vez a la semana. Todo lo mandaban para La Guerra. – y para darle importancia, agrandé bien los ojos cuando nombré a la guerra. Pero, en realidad, pareció que fue para poder meter un buen trozo de pan en mi boca. El pan estaba estupendo, increíblemente delicioso. Y la manteca le daba una frescura y una tersura que rivalizaban con el agua que, pura, baja por las montañas para regar las praderas.
El tema de La Guerra era un tema de adultos, y conversar de ello con aquel hombre, que recién había conocido, me hacía sentir muy importante.
“Todos mis hermanos fueron a donde La Guerra. Y todos los que fueron con ella nunca volvieron. Hay que detenerla, pero ¿cómo?.”
Me quedé callado. Esperando que Ermientar conociese algo sobre la guerra.
- Sí, ella es muy poderosa. – dijo pausadamente.
- Pero, ¿Porqué los reyes no hacen nada contra ella?
- Se necesita un Rey que no esté contaminado por toda esa fiebre de violencia y poder, que lamentablemente, hoy en día, parece ser una enfermedad hereditaria.
- ¿Y quien puede ser esa persona?
- Debe ser alguien educado en la paz, de mente ágil, de corazón puro, responsable, en fin. Es muy difícil encontrar ese tipo de personas. Son muy raros.
- Pero, ¿Porqué no lo buscamos? Vamos a recorrer las ciudades, allí está lleno de gente, debe de haber alguien así en las ciudades. – dije firmemente.
- JAJAJA, primero termina ese pan, mi entusiasta amigo. Vamos a ir poco a poco. – Rió fuertemente Ermientar.
Así que terminé el delicioso pan con manteca mientras Ermientar me contaba chistes y cuentos fantásticos.
Al atardecer, volví a mi casa. Acompañado por Ermientar, atravesamos el bosque cantando y charlando como no lo había hecho en mucho tiempo.
Había conocido a un nuevo amigo.
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