Sociedad Tolkien Uruguaya

Por: Anarninquë

Abrí los ojos, y en la oscuridad advertí dos ojos fríos y calculadores. Sentí miedo, y comencé a correr en la dirección contraria.

Ya hacía varias horas que había perdido la mayor parte del equipaje que llevaba conmigo. Tenía sed y me sentía mareado…

Cuando creí que había corrido una distancia prudente, me senté en el suelo húmedo y frío, y me dispuse a descansar unos minutos hasta recuperar el aliento. Mientras descansaba, pensé en lo difícil que se había tornado este simple paseo por el bosque. Mi único objetivo esa soleada mañana, cuando salí de casa rumbo al bosque, era buscar algunos lisnos, esas flores que tanto le gustaban a Fanaisil. Yo iba a pedirle matrimonio el lunes, y decidí que los lisnos serían una buena idea.

Mi vida era feliz, vivía en una pequeña casa, tallada en un gran árbol, amaba a Fanaisil, y ella me amaba a mí, me llevaba muy bien con mi familia y amigos, y desde hacía un tiempo venía pensando en declarar formalmente mi amor hacia mi enamorada.

Y ahora, me encontraba secuestrado, perdido en medio de las montañas, corriendo por túneles oscuros sin saber hacia donde me dirijo…

Probablemente no tenga la oportunidad de declarar mi amor hacia Fanaisil, ni despedirme por última vez de mis amigos y parientes, ni nadar por última vez en el estanque plateado bajo la luz de la luna llena. Cuán rápido pasa el tiempo, cuando poco nos queda; sinceramente no tengo muchas esperanzas de salir con vida de estos oscuros túneles.

Quién sabe en que parte de Arda me encuentre!

Que será de la pobre Fanaisil, nunca podrá saber qué fue lo que me pasó, quizá piense que me enojé con ella, quizá piense que nunca la perdonaré y que por eso me fui. Nunca voy a tener la oportunidad de decírselo, de explicárselo.
Un sopor que el calor convirtió en sueño, invadió de pronto mi cuerpo; poco a poco me fui perdiendo entre mis propios pensamientos, y de pronto me quedé dormido.

A pesar de todo lo que estaba pasando, y de la situación en que me encontraba, dormí profundamente. Soñé que estaba con Ella, y que corríamos y jugábamos en los prados verdes del Oeste. Compartíamos un atardecer y sellábamos un hermoso día, con un hermoso beso.

Pero de pronto, desperté sobresaltado, una gota de agua helada había caído sobre mi mejilla. Cuando logré despabilarme un poco, decidí tomar el camino hacia mi derecha, que de hecho, no sabía hacia donde me llevaría…

Nunca fui bueno para tomar decisiones, pero esa, creo que fue la pero de toda mi vida.

Al poco tiempo de haber comenzado a caminar, sentí el vibrar de los cueros de los oscuros tambores orcos. Mi paso se transformó en trote, y mi andar en huída. Corrí hasta que me dolían las piernas, pero los tambores no disminuían, por el contrario parecían acercarse. De pronto, llegué a una habitación circular, comencé a tantear las paredes en un intento inútil de hallar una puerta o grieta que me permitiera escapar de aquélla húmeda y oscura habitación. Aunque hacía mucho calor, comencé a sentir un sudor frío que recorría mi cuerpo, y me hacía estremecerme.
Me encontraba encerrado, no podía regresar por donde había venido, porque para esos momentos debería de estar infestado de las asquerosas criaturas que gustan habitar esos húmedos y sucios túneles.

Sin más por hacer que esperar mi destino, me acurruqué en el piso, y casi con un instinto infantil, me tapé los ojos con las manos, y comencé a llorar…

No se si de miedo o de tristeza, pero lloré hasta que sentí que ya estaban muy cerca.

De repente, sentí algo que me pinchó en la espalda, y luego el dolor comenzó a expandirse por todo mi cuerpo. Poco a poco, cada músculo se veía petrificado, expectante, sin poder moverse. Y lo último que vi, fue cómo varias criaturas de caras repugnantes se abalanzaban sobre mi.

Había muerto.

Entrada en Relatos | Sin comentarios »

Deja un comentario

Aviso: Los comentarios son aprovados antes de publicarse, por lo que a veces no aparecerá en seguida.