1er premio Quenta-Mellon 2005 - Autora: Laura Rodríguez
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La suave brisa de primavera acariciaba delicadamente su rostro, mientras que un solitario mechón de oro de su sedoso cabello se encontraba atrapado en esa delicada danza. Aldamir dejó escapar un pequeño suspiro. “Es bueno regresar”- pensó – “y tras casi mil años, todo se ve precisamente igual”. Vagó por los bosques… cantando para sí mismo, admirando cada árbol, cada pimpollo floreciente, hasta la más diminuta de las hojas. Todo era perfecto, y permanecía igual a como lo había visto él una y otra vez en sus sueños desde el momento en que se había marchado, hacía ya mucho tiempo.
Perdió la noción del tiempo, pero el tiempo ya no era importante, pues él había regresado, y la guerra había acabado… no más sufrimiento, no más dolor. Finalmente, Arda había recobrado su paz.
Aldamir permaneció allí sentado, disfrutando cada parte de ello, y sintió, y escuchó, y olió… Anar se puso y salió muchas veces y aún así, él no se movió. La suavidad del pasto, las voces del viento, el aroma de la tierra, el sonido del agua, y esa esencia… esa familiar aunque irreconocible esencia deleitaba cada uno de sus sentidos.
Un buen día, cuando Aldamir estaba perdido en sus pensamientos, lo escuchó por primera vez: un ruiseñor. Su canción le traía reminiscencias de algo, pero no lograba recordar de qué. Se remontó a sus recuerdos más antiguos en busca de la canción del ruiseñor, y su significado… entonces, finalmente la relacionó con esa esencia, esa dulce esencia… y sintió una amarga punzada de dolor. “Elwing”– susurró, y entonces fue cuando se dio cuenta: ella ya no se encontraba allí. ¿Cómo pudo haberla olvidado? Su dulce Elwing…
Su corazón se sumió en las sombras del dolor y el sufrimiento, y todos los bellos sonidos y sentimientos que había percibido momentos atrás se extinguieron por completo. “Elwing…” – una lágrima solitaria recorrió su rostro – “… mi hermosa dama Elwing…”-suspiró. Aldamir se sentía perdido, desnudo en la oscuridad, toda alegría lo había abandonado. Una sombra de tristeza cubrió su delicado rostro.
Pasaron los días y Aldamir permanecía en ese mismo lugar. Se sentía vacío, desesperanzado… y estaba furioso: nunca podría perdonarse por olvidarla.
El ruiseñor era su única compañía, pero él también estaba triste, ya no se atrevía a cantar, sólo permanecía allí: observando al elfo; aquél era un elfo extraño. Sus ojos estaban vacíos, llenos de pena, e… ¿ira? Sí, ese extraño fulgor era ira; ya lo había visto antes… tantas almas habían caído a causa de ese fulgor… El ruiseñor estaba determinado a cuidar al apenado elfo; no iba a dejarlo caer en las sombras.
La esperanza había abandonado a Aldamir, ya no se movía. Ahora era sólo parte del bosque, prácticamente ya se había fusionado con la roca en la que estaba sentado, cuando volvió a escucharlo. El ruiseñor comenzó a cantar, y el corazón de Aldamir volvió a llenarse de alegría, aunque aún no comprendía por qué. Escuchó al pájaro por un momento, casi perdido en su canción. Y entonces sintió esa dulce esencia nuevamente: pero esta vez, la sensación era diferente, esta vez, era mucho más… real.
El ruiseñor seguía cantando; y Aldamir se sintió vivo otra vez. De repente, sintió la necesidad de darse vuelta, de mirar por sobre su hombro. El ruiseñor y él ya no se encontraban solos… había alguien más en el claro. Él sabía de quién se trataba, pero… no podía ser… era imposible. Y aún así, sabía que era ella. A pesar del hecho de que su cabeza le decía que ella se había ido, su corazón le decía lo contrario.
Finalmente, logró reunir todo su coraje y lentamente, suavemente, se dio vuelta. El ruiseñor cantaba más fuerte ahora.
Y allí, justo en frente de él había un par de centelleantes ojos verde esmeralda, los mismos ojos con los que había estado soñando durante años. Estudió el rostro que los rodeaba… cada una de las delicadas facciones, cómo estaba enmarcado por esos perfectos rizos dorados… los conocía demasiado bien: “¡Elwing!”- exclamó.
Una cálida, resplandeciente sonrisa se dibujó en su cara… ”Aldamir…”
Había regresado. Él nunca se había sentido tan feliz, tan vivo, tan… completo. Permanecieron allí, mirándose a los ojos, perdiéndose en aquél par de ojos que estaba frente a ellos, devolviéndoles la mirada.
Y luego de un extenso y alegre momento, la canción del ruiseñor se extinguió. Y Aldamir volvió a la realidad. “¿Cómo…?”- comenzó, pero la dulce y grave voz de Elwing lo interrumpió “Aldamir… ha pasado tanto tiempo…” Él tomó su mano. “Elwing, mi Elwing, ¿Cómo puede ser esto posible? Creí que te habías ido, que te había perdido… para siempre…”
Elwing dejó escapar un profundo suspiro, “Sí, me fui… y también te fuiste tú, mi amado.”-murmuró.
Aldamir la observó incrédulo ¿Qué quería decir con eso? Acaso estaba… no, no podía estar… no… podía haberse ido… ¿o sí? Pero, si lo estaba… bueno, significaba que estaban juntos otra vez. Se habían reencontrado después de todo, y eso era lo único que importaba. Quería saber qué había ocurrido. ¿Dónde estaban? ¿Qué había sucedido con el bosque…? ¿Qué había ocurrido con el ruiseñor…? Miró a su alrededor, ni el ruiseñor ni lo árboles estaban a la vista. Habían estado de pie en el centro de un pequeño y verde claro, en el corazón del bosque. Pero ahora se encontraban en un hermoso salón. Paredes y columnas de piedra blanca los rodeaban.
Era una gran habitación, iluminada por la luz de alguna clase de extrañas lámparas que a Aldamir le recordaban a las majestuosas estrellas de Varda… La pared a su izquierda estaba decorada con enormes e impresionantes murales. Representaban grandes batallas, batallas de los elfos, batallas de los hombres… batallas de antaño. Fue entonces cuando notó uno particularmente grande: en él había un hombre, un hombre alto. Sus ojos y su rostro estaban llenos de luz, de una luz extraña. A su lado había una mujer, una hermosa dama, su rostro y sus ojos portaban la misma luz. Los ojos de Aldamir comprendieron de inmediato…
“¿Dónde estamos…?”- preguntó finalmente, ya conociendo la respuesta.
“¿No lo sabes? – preguntó otra voz, una grave, serena y sabia voz. Era la voz de un hombre.
Aldamir se volvió en seguida. Frente a él, estaba el mismo hombre que había visto en el mural apenas unos segundos antes… Asintió con su cabeza y dijo con voz débil: “Sí, lo sé, ¡oh Juez de los Valar!”- y se inclinó ante él.
Námo caminó lentamente hacia Elwing y Aldamir. “Veo que finalmente se han reencontrado” – Ambos asintieron. – “Considerando que Elwing decidió esperar a su amado para tomar alguna resolución, es ahora tu responsabilidad, Aldamir, decidir si deben quedarse aquí o en la morada de mi hermano, o ser enviados otra vez a Arda.”
Aldamir miró a Elwing; no había necesidad de usar palabras. Sus ojos le decían todo lo que necesitaba saber: extrañaban el bosque, su bosque… aunque no deseaba abandonar Aman. Se volvió para enfrentar Námo una vez más. Aldamir sabía lo que debía hacer…
“Desearíamos quedarnos…” – volvió a mirar en los ojos de Elwing, y ella le dedicó una sonrisa para tranquilizarlo - … en Aman, aunque extrañamos el bosque…”
“Entonces, supongo que deberían quedarse con mi hermano, a partir de este momento son libres de irse… nuestra tierra es su hogar.”
Aldamir tomó la mano de Elwing en su mano y se dirigió a los jardines. La mujer en el mural los estaba esperando allí fuera.
“Entiendo que eligieron permanecer aquí, entre nosotros. Sean bienvenidos, Ahora, ésta es Melian, ella los guiará hacia su nueva morada.”
Y así siguieron a la Hermosa joven, vestida en un exquisito vestido de seda gris. Ella los guió a un maravilloso bosque. En el corazón de éste, había un enorme claro… tenía un gran parecido con el claro en el Aldamir había encontrado al ruiseñor unos días atrás. Pudo vislumbrar entre los árboles una gran y delicada casa de madera. Los alrededores de la casa estaban repletos de bellas flores salvajes; y en el aire flotaba la más dulce esencia que jamás hubieran percibido. En el horizonte podían ver una majestuosa cascada.
Aldamir miró a Elwing, nunca había visto a sus ojos brillar como lo hacían en ese momento. Entonces supo que había tomado la decisión correcta, sabía que ambos serían felices ahora, y que nada nunca podría hacer que la dicha que los embargaba desapareciera, nada. Ya no debían preocuparse por la Guerra, por el destino de Arda…
Y fue entonces, sólo entonces, cuando volvió a escuchar al ruiseñor cantando.
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