Archivo para Julio, 2007
Por: Anton Aus Tirol
El camino hacia Fishage estaba muy maltraído. Con mucha imaginación y algo de dificultad se podía distinguir del resto de la pradera.
En una carreta tirada por dos mulas iban Glorinda y Finorino con su hijo Hidetuur de quince años y todas sus pertenencias. El viaje fue mucho más largo de lo que habían pensado pero les esperaba la paz y prosperidad del pequeñísimo pueblo pesquero. Lejos de todos los reinos y sus problemas. Nadie pelearía por un pueblo como aquel. Con apenas unos cientos de habitantes, sin templos ni riquezas, ni poderosas armas o grandes guerreros.
Luego de una semana de marcha sobre la carreta, llegaron al preciado pueblo. Terminaron la larga marcha justo al centro de las pocas chozas del pueblo. Posaban sobre fuertes y viejos pilares, pulidos por las inclemencias del tiempo y por las crecidas del mar.
Finorino fue el único en ir al encuentro del pequeño y viejo hombre, que les esperaba en las escaleras de la casa más grande del poblado.
Mi padre le saludó muy cordialmente y comenzó a hablarle. Mi madre me decía que le estaba explicando porque habíamos venido al pueblo, para que el señor jefe del pueblo nos dijese donde podíamos quedarnos para comenzar a construir nuestro nuevo hogar y para poder comenzar a trabajar la tierra.
No más de unos minutos después mi padre volvió rápidamente y nos dijo que nos habían invitado a quedarnos, esa noche, en aquella casa. Pero él había declinado el ofrecimiento, aunque si le había aceptado la cena. Esa noche nos indicaron donde había buenas tierras para trabajar, y como funcionaban las cosas en el pueblo.
Fue así como comenzó mi vida en Fishage.
El día siguiente construimos una pequeña choza en las afueras del pueblo. Muy rústica, pero alcanzaba para poder comer y dormir protegidos de las inclemencias del tiempo. Protegidos del radiante sol y la fría lluvia comenzamos a trabajar la tierra. Plantamos todas las semillas y algunas plantas que trajimos desde el oeste. Esperábamos que brotasen con mucha fuerza.
No teníamos muchas pertenencias debido a los altísimos impuestos del Reino a causa de una absurda guerra.
Pero ahora todo sería diferente, ya no pasaríamos más penurias ni hambre. Y el fruto de la mayoría de nuestro trabajo sería para nosotros, no para la guerra.
Eso es lo que me repetían una y otra vez mis padres. Yo no entendía muy bien lo que era la guerra. Y cuando preguntaba que era, me respondían, “Es algo muy malo que nos quita todos los frutos de nuestro trabajo, nuestros hijos y nuestros amigos. TODO. Es por eso que nos fuimos lejos de La Guerra” Y seguían con lo que estaban haciendo, sin darme mucha más importancia.
Ya había escuchado muchas historias sobre la guerra. La gente pasaba hambre y enfermedad. Y estaban constantemente asediados por el enemigo. Seres crueles y malvados que no hacían más que matar y matar por doquier.
Pero ahora estábamos en Fishage. Y la guerra no nos encontraría aquí.
Mi casa estaba a una hora de camino del pueblo, el viaje teníamos que hacerlo caminando ya que la carreta no había resistido muy bien el camino y necesitaba de reparaciones. Construimos la choza al lado de un pequeño arroyuelo que provenía de un bosque que teníamos hacia el oeste. El bosque se extendía hacia el sur hasta perderse de vista, y mucho más. Mi tarea era construir un pequeño estanque para mantener el agua del arroyuelo para los días de sequía. Así que cavé un buen pozo, lo cubrí con arcilla y desvié parte del agua del arrollo al pozo.
Luego de terminadas mis tareas, aburrido y sin saber que hacer, decidí salir a explorar.
Comencé a caminar hacia el bosque, que era donde siempre nos dirigíamos con mi hermano antes de que partiese a la guerra. También tengo otro hermano al que no recuerdo, ya que partió, cuando yo era muy chico, a la guerra. Y mi hermana, que era hermosa, se fue con su novio, también a la guerra. Se fueron a la guerra así como todos nuestro cultivos y nuestro dinero y nunca más los volvimos a ver.
Pero yo estoy a salvo de eso. Pensaba mientras miraba de frente los primero árboles del inmenso bosque. Enormes árboles, al comienzo. Inmensos, más atrás.
“Los bosques siempre están llenos de misterios, porque están llenos de vida. Y la vida es un gran misterio” Fue algo que me dijo mi hermano antes de partir.
Me interné un poco en el bosque, con ese pensamiento fermentando en mi mente. Y hubo un momento en que no pude aguantar más. Y lloré. Y odié a La Guerra.
Quería ver a mi hermano.
Y en el medio de mi tristeza comencé a oír un canto. Un hermoso canto. Triste y profundo pero hermoso. Y detuve mi tristeza para poder oír el canto.
Su origen provenía de las entrañas del bosque, aún así, seguí el camino de la melodía como una abeja vuela a la flor más bella para beber su néctar.
A cada paso que daba más claro se escuchaba el canto, y cuando parecía que encontraría su origen todo terminó. Tan repentinamente como comenzó, llegó el final de la canción.
Mire todo alrededor, y al girarme sobre los talones me encontré con él.
Estaba parado, bien recto y mirando hacia abajo, con las manos sobre sus caderas, vestido todo de verde, en varias tonalidades oscuras. Tenía una capa puesta sobre sus hombros que le confundían con el resto del bosque. El pelo largo y oscuro caía lacio sobre sus hombros y espalda. Me miraba con mucho interés y con una gran sonrisa en la cara. Sus ojos oscuros y vivases eran una notoria señal de que no era del pueblo. Nunca había visto un hombre con esa energía y color en su rostro. Ni siquiera en la ciudad.
- Buenos días joven explorador. Casi me sorprendes. Es más fácil cuando eres pequeño, y no gordo y torpe como todos los hombres que se internan en el bosque. Hacen tanto ruido que los escucharía a varias millas. – dijo mientras hacia una muy graciosa representación de un enorme hombre gordo caminando por el bosque. Haciendo el mayor ruido posible con pisadas, bufidos y sonidos de cansancio.
- Soy Hidetuur – le respondí medio riéndome.
- Yo soy Ermientar – dijo mientras extendía su mano para saludarme.
- Hola Ermientar, ¿Vivís acá?, ¿En el bosque? – estreché mi mano en la suya, y él me saludó con la fuerza y gentileza justas. Un sentimiento creció en mi pecho. Me pareció ver a mi hermano en sus ojos.
- ¡Valla! Parece que tenemos a un verdadero observador aquí. Estás en lo correcto. Y por tu audacia parece que tu tampoco eres de aquí. Los pescadores de Fishage no suelen venir al bosque. No les gusta y le temen. Hace mucho tiempo que no tengo visitas. Parece que los grandes aventureros escasean en el este de la Tierra Media.
“ Pero, basta de charlas, ¿qué te parece algo de comida? Tengo muy ricas frutas y panes. Y todavía es temprano, así que tus padres no deben de estar preocupados. Vamos, sígueme.”
Y comenzó a caminar, a internarse más aún en el bosque.
Ahora cantaba otra canción, una alegre. Como esas que se cantan cuando se va de paseo con amigos. Cuando repetía alguna estrofa yo le acompañaba, aunque no entendía lo que decía. De todas formas fue una caminata divertida.
Rápidamente llegamos a su morada que consistía en una decena de pequeñas chozas camufladas por enredaderas y plantas diversas. Algunas colgaban de los árboles y se conectaban mediante puentes colgantes a gran altura, otras posaban placidamente sobre la tierra. Me tomé un pequeño tiempo para apreciar todas las construcciones. Parecía un pequeño poblado.
Había una casa en especial, una casa de piedra, toda cubierta por el musgo y las enredaderas. Con una puerta de madera oscura, de muy buen grosor. Había una ventana de la misma madera al lado de la puerta y una chimenea saliente detrás de la casa. Era la única casa que no parecía realmente abandonada, aunque todas estaban en buen estado, era la única que parecía alojar vida inteligente y civilizada. Y fue allí a donde se dirigió Ermientar. Y fue allí, donde yo también me dirigí. Él abrió la puerta y se quedó esperando con una gran sonrisa al lado de la puerta, indicándome que pasaría después de mí.
El interior era muy cálido, estaba todo prolijo y ordenado. Tenía varias mesas con diversas cosas en cada una, una con herramientas, otra, debajo de la ventana, con papeles, otra, cerca de la estufa, con hoyas y platos. Tenía varias series de estantes con una increíble cantidad de libros y una cama al fondo de la casa. Pero no había divisiones en la casa, la única puerta era la de entrada. En una pared tenía colgados un impresionante arco negro con su carcaj lleno de flechas, dos espadas enfundadas, una cota de malla y un estandarte verde y negro con un árbol bordado en dorado.
Yo me quedé a un costado, tal como me fue enseñado, sin tocar nada mientras observaba maravillado. Ermientar se acercó a la mesa de las hoyas y sacó un enorme pan de una caja de madera.
- No esperaba visitas, sino hubiese preparado algo más exquisito. – Dijo irónicamente mientras cortaba algunas rebanadas, luego les untó manteca.
- En la ciudad de donde vengo, solo podíamos comer pan con manteca una vez a la semana. Todo lo mandaban para La Guerra. – y para darle importancia, agrandé bien los ojos cuando nombré a la guerra. Pero, en realidad, pareció que fue para poder meter un buen trozo de pan en mi boca. El pan estaba estupendo, increíblemente delicioso. Y la manteca le daba una frescura y una tersura que rivalizaban con el agua que, pura, baja por las montañas para regar las praderas.
El tema de La Guerra era un tema de adultos, y conversar de ello con aquel hombre, que recién había conocido, me hacía sentir muy importante.
“Todos mis hermanos fueron a donde La Guerra. Y todos los que fueron con ella nunca volvieron. Hay que detenerla, pero ¿cómo?.”
Me quedé callado. Esperando que Ermientar conociese algo sobre la guerra.
- Sí, ella es muy poderosa. – dijo pausadamente.
- Pero, ¿Porqué los reyes no hacen nada contra ella?
- Se necesita un Rey que no esté contaminado por toda esa fiebre de violencia y poder, que lamentablemente, hoy en día, parece ser una enfermedad hereditaria.
- ¿Y quien puede ser esa persona?
- Debe ser alguien educado en la paz, de mente ágil, de corazón puro, responsable, en fin. Es muy difícil encontrar ese tipo de personas. Son muy raros.
- Pero, ¿Porqué no lo buscamos? Vamos a recorrer las ciudades, allí está lleno de gente, debe de haber alguien así en las ciudades. – dije firmemente.
- JAJAJA, primero termina ese pan, mi entusiasta amigo. Vamos a ir poco a poco. – Rió fuertemente Ermientar.
Así que terminé el delicioso pan con manteca mientras Ermientar me contaba chistes y cuentos fantásticos.
Al atardecer, volví a mi casa. Acompañado por Ermientar, atravesamos el bosque cantando y charlando como no lo había hecho en mucho tiempo.
Había conocido a un nuevo amigo.
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Por: Beleg
Una vez coronado su hijo se dirigió a sus aposentos. Allí se encontraba ella, hermosa como siempre, belleza eterna que por amor había elegido ocultarse a los ojos del mundo. Ocultarse, mas no extinguirse, y por ello es que por siempre en su cenit, desaparecería sin ocaso. El la miró, con aquel amor destinado a no convertirse en recuerdo, intentando beber el dulce néctar antes de la hora posterior a la postrera, renacer ignoto en él innato y en ella electo.
No hablaron, no era necesario, sobraban las palabras. En él estaba intacta la llama de la esperanza. En ella había cedido, por la duda que crea en quien está seguro la duda, siempre mayor que la que aquel que vive en la convicción de lo desconocido. Lentamente cambió sus ropas por las que el ceremonial indicaba, la miró nuevamente y salió en silencio, ella lo siguió y se ubicó a su lado.
Llegaron en forma solitaria hasta el lugar hacía tiempo previsto. En el camino pasaron cerca de muchos, pero nadie se atrevió a levantar la vista. Allí él se recostó en la fría losa, descansó su cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho. En ese momento cruzaron las primeras palabras, con las que él reavivó sus votos y su esperanza, mientras que ella renunciaba por última vez a su anterior destino. Y se separaron, pero momentáneamente, cuando pudo bien ser en forma eterna, cada cual se preparó para su destino.
En la cima del túmulo se abandonó a su elección. ¡Venturoso él que podía abandonar graciosamente lo que a otros les era arrancado con dolor! Una paz lo invadió y recuerdos. Su vida fue pasando ante sus ojos mientras él la saboreaba, la revivía: momentos de tristeza, de terror, de muerte, de aflicción, de belleza, de esperanza, de alegría, todo a un tiempo. Un sentimiento gélido invadió su cuerpo, una extraña serenidad, una alegría, una oscuridad. Y luego una sobria belleza.
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En el Reino Bendecido, aquel que rige el mundo vio el suceso, y mandó a su heraldo a informar a aquellos que debían saberlo. Un padre se alejó en silencio del venerable mensajero, quizá con la intención de llorar en silencio su ya próxima e inexorable pérdida. La pequeña gente lloró, con el sentimiento puro que suele habitar en las almas simples. Un poderoso espíritu nubló su vista mientras esbozaba una sonrisa – él sabía que significaba el hecho, y en realidad era más alegre que luctuoso – mas no habló.
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El nuevo rey dirigió personalmente las exequias. El pueblo lloró, nobles y plebeyos, pobres y ricos. Los mejores artesanos, viniendo especialmente de lejanas tierras, prepararon una lápida, y labraron el epitafio, que rezaba en tres lenguas:
AQUÍ YACE ARAGORN TELCONTAR,
HIJO DE ARATHORN,
SEÑOR DE GONDOR Y ARNOR,
EL ULTIMO DUNEDAIN.
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Por: Beleg
Valinor
Tulkas y Eonwë sonreían. No era una sonrisa de alegría, sino expresión de su deseo de venganza. Nunca, ninguno de los dos, habían confiado en la obra de los Senescales. Ni en Cúrumo, el Senescal de Aulë, poderoso entre los Maiar, pero, a su juicio (por lo menos al juicio de Eonwë, que Tulkas no solía pensar demasiado), débil frente a las tentaciones, y al que su propio poder había corrompido; ni en el sabio Olórin, su sustituto, que había él mismo ante su señor Manwë declarado su incapacidad para la tarea. Pero Manwë no lo había escuchado, confiaba en su temor como arma, por medio de la precaución y el esfuerzo.
Ellos sabían la decisión final del Consejo. En su presciencia conocían cuál sería el veredicto de Eru, el último en ser consultado, por medio de Manwë, y en ratificación de lo que emergiese de la reunión de los Valar. Tulkas en ello llevaba ventaja, ya conocía de la voluntad de Ilúvatar, por haber sido enviado para auxiliar en la lucha contra Melkor: incidir lo menos posible, respetar la libertad, pero llevar el destino de Arda en dirección del Tercer Tema.
Es que al resonar la Música, Tulkas, que no era gran amante de lo sofisticado y había escogido cantar una melodía armoniosa pero sencilla, tuvo tiempo de escuchar algo que ningún otro Ainu pudo, esmerados todos en su Creación: por debajo de la Melodía que generaban sus hermanos, Eru tarareaba. Algo sencillo, tan sólo lo suficiente para compensar los leves defectos de la hermosa Composición, tan sólo para unir la armonía y las disonancias. Cantaba con voz profunda y poco potente, tan sólo unas notas, pero cantaba.
Eonwë dijo, ya preparé mi espada; hiciste bien, le respondió Tulkas, a mí me bastan mis manos, toda arma es impotente ante ellas. Lo sé, fue la respuesta.
La voz de Manwë en el templo que descollaba en la cima del Taniquetil obtenía respuesta: Hazlo, es Mi deseo; Pero habíamos decidido no intervenir más, pues cada intervención deviene en un mal mayor, incluso ahora, cuando tratamos de no actuar, sino sólo ayudar con algo de sabiduría; Y así debía ser, y debe ser su ejemplo para que asuman la responsabilidad de lo que han creado, lo malo no es intervenir, sino la forma de hacerlo, ahora ya estáis más maduros, y podréis hacerlo, se le respondió.
Manwë volvió decidido; Námo, esta es la batalla final, el comienzo del tercer tema; abre tus estancias. Mandos respondió altivo Ya lo sé, lo supe en cuanto viniste. Vairë ya lo ha tejido. Aulë alzó la voz: Hermano, abrirás también las Estancias de mis hijos. Todos son necesarios, Aulë, saldrán Dúrin y Fëanor, Thror y Fingolfin.
Como convocados a su mención aparecieron los nombrados, vestidos para la batalla: de acero los elfos, de mithril y plata los enanos. El deber no daba lugar a los afectos, aunque se vio a Ingwë, Finge y Elwë Singollo unirse en un abrazo, y en otro a los Siete Padres de los Enanos, únicas manifestaciones de afecto que el deber permitió.
Una voz se oyó ¿Y los Hombres?. Ellos permanecerán cumpliendo su destino hasta la Reconstrucción. ¿Y el Hobbit?. Aquí estoy, respondió una vocecita pausada y segura. No puede faltar Bilbo, es parte de su Destino. Gandalf hablaba con voz sombría.
Olórin, no debes sentir desánimo, tu fracaso no es tuyo, sino mío. Manwë hablaba con voz torva, en su majestad, había comprendido su último error. Eru mismo lo había absuelto y le había mostrado el camino. El final de sus trabajos estaba cerca. Arda Inmaculada volvería. Y quizá las lámparas. Y quizá los árboles….
Eonwë lo encabezaba, Tulkas cerraba la marcha. Entre ellos millones, Valar y Maiar, Elfos y Enanos y un Hobbit. Todos a las naves Telerin. Todos en brazos de Ulmo y bajo el soplo de Manwë, haciendo temblar la obra de Aulë hacia la Batalla, hacia el Destino. La Batalla Final.
Y luego…Luego el Destino.
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Por: Anarninquë
Y de pronto, se encontró cara a cara, frente a frente con un personaje divino…
Era la Muerte, allí, vestida de blanco, con su mejor vestido para tan especial ocasión. Él no sabía que decir ni hacer. A lo largo de su corta vida, le habían enseñado muchas cosas, pero nunca nadie le había siquiera mencionado que debía hacer frente a la Muerte, debía correr y gritar, o tan solo sonreír.
De pronto esta habló, sus palabras resonaron como un chillido agonizante en sus oídos, le dolía la cabeza y se sentía mareado.
– Puedo concederte algo antes de llevarte – dijo la Muerte, que en realidad no es tan oscura y malvada como todos piensan – ¿hay algo que quieras? – preguntó.
– Sí, en realidad sí – comentó preocupado el pobre elfo – deseo ver a alguien antes del fin – pidió casi en súplicas.
– Está bien – contestó en tono frío la muerte – Pero tienes sólo dos horas de vida, luego te estaré esperando, debes saber que todos tenemos nuestro tiempo, y el tuyo ya ha terminado – hizo una pausa, – esto es sólo un favor especial, no intentes cambiar nada que no pudiste cambiar en vida – y esto último sonó como un trueno enfurecido que cae sobre la mar tranquila.
Y así, la Muerte, desapareció.
De pronto, abrió los ojos, y estaba en su casa. Un sudor frío había empapado sus sábanas. Acababa de tener un mal sueño.
Aunque luego se acordó que no había sido tan sólo un mal sueño, recordó que tenía dos horas y debía aprovecharlas.
Al ver su imagen reflejada en el espejo, se notó demacrado, tenía ojeras y estaba muy pálido. Un escalofrío recorrió toda su espalda…
El reloj solar indicaba que faltaban casi dos horas para el mediodía. Tomó una capa y una caja antigua que había guardado toda su vida, y se encaminó con lágrimas en los ojos, hacia la casa de Fanaisil, su amada.
Al llegar, luego de una muy breve explicación, lloraron juntos hasta que casi se les acabaron las lágrimas. Cuando ambos estaban un poco más calmados, Él le explicó como había pasado todo.
Fanaisil se echó a llorar, y ambos llorando, se unieron en un beso que resumió todos los besos que habían compartido a lo largo de su relación.
– Fanaisil, quiero que escuches esto con atención – hizo una pausa, y agregó en tono triste – ya que probablemente sea la última vez que lo escuches. Cerró los ojos, y abrió su corazón del cual brotaron cinco letras, las cinco letras más hermosas del abecedario – Te Amo – dijo, y nuevamente se echó a llorar.
Fanaisil no tuvo palabras para contestarlo.
Sólo lloró.
A todo esto, a el pobre elfo le quedaba ya menos que una hora. Anarninquë, que era su nombre, se secó las lágrimas de los ojos, y levantó la pesada tapa de la antigua caja de madera.
– Esta es la caja de mis recuerdos – dijo con un nudo en la garganta – que de hecho es casi lo único que me queda. – Y luego prosiguió: “Hay en esta caja cosas muy valiosas, como joyas y gemas. Y otras más valiosas aún, como la flor que me regalaste el día que nos conocimos…
Quiero que elijas una de todas estas cosas, y que entierres el resto con mi cuerpo, cuando muera.
Quiero que un recuerdo de mi vida se transforme en un recuerdo mío en tú vida.
– Está bien – fue todo lo que Fanaisil pudo decir entre llantos entrecortados.
Fanaisil eligió una cosa pequeña de la caja, pero no dejó que Anarninquë la viera. Y en seguida la puso en una pequeña bolsa de piel.
En la cabeza de Anarninquë sonaron fuerte unas campanadas. Se paró, corrió el pelo de la cara de su amada, le secó una gran lágrima que se deslizaba por su mejilla, y la beso dulcemente en la frente.
Luego se dirigió a la puerta, y la atravesó sin mirar atrás.
El corazón de Fanaisil latía fuerte en su pecho, y las lágrimas caían una tras otra por su cara, y luego al piso.
Al traspasar el umbral, vio el cuerpo de Anarninquë en el piso.
Quiero. Sin vida.
Esa noche, cavó en el suelo un hoyo del tamaño de Anarninquë, y tras vestirlo y perfumarlo con esencias especiales para esa ocasión. Lo enterró. Y puso a su lado la gran caja de madera.
También puso en el foso, el recuerdo que Él le había regalado…
Luego de un tiempo, y para toda la vida, creció y vivió en aquél sitio, un hermoso y fuerte árbol, nacido de la semilla que ella había escogido de la caja.
Era una semilla de acre que un día habían encontrado juntos.
De esta manera, Anarninquë siempre recordó a Fanaisil, y Fanaisil recordó siempre a Anarninquë…
Un día como todos, cuando Fanaisil fue a regar el árbol, notó en la base de éste una semilla. La tomó con delicadeza, y se dirigió a guardarla en una caja donde siempre guardaba, “pequeñas grandes”, cosas.
Se dirigió a su casa, y recordó algo que solía decir Anarninquë: “La vida está hecha de pasado. Somos un montón de recuerdos, eso somos!”
Una lágrima comenzó a caer por su mejilla.
Al traspasar el umbral, cerró la puerta tras de sí.
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3er premio Quenta-Mellon 2005 - Autor: María José Marchena
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- ¿Querías verme?
- Así es.
Riannethesse FlamaÍgnea, princesa de Kennommah, despidió con un brusco gesto a Orthan, su mayordomo - su mayordomo y no su cuidador, puesto que al menos ella ya no se consideraba ninguna niña - y echó a correr, olvidando el protocolo, cubriendo rápidamente la distancia que la separaba de su padre. Al ver, aunque sólo de soslayo, la furia que irradiaban los decididos ojos de su hija, Vehare FlamaÍgnea, rey de Kennommah, se dejó caer contra el respaldo del sillón tapizado y, bajando la cabeza, se cubrió los ojos con una mano. Levantó la otra, con la esperanza de disuadir a su hija en su determinado avance, sin conseguirlo.
La joven vio el gesto de su padre, y lo comprendió, pero había esperado mucho tiempo aquel encuentro y las formalidades eran en ese instante algo ridículo y carente del más mínimo sentido. Rodeando la maciza mesa de cedro, la princesa de Kennommah arrebató a su padre la mano de los ojos y descargó su pequeño puño contra la superficie pulcramente barnizada del escritorio. Hubiese querido hacerla vibrar, para reafirmar con contundencia su gesto, pero al fin y al cabo, sus fuerzas seguían siendo las de una niña.
- ¡¡Exijo saber qué significa esto!! - gritó, agitando en el aire un puñado de arrugados manuscritos que había extraído de algún lugar de entre sus ropajes.
Vehare contempló a su hija durante unos momentos, temeroso, mientras se encogía en su regio asiento. Frunciendo los labios, desvió la vista hacia el suelo, pero su desvalida expresión no contentó demasiado a su encolerizada heredera. Avanzando aún más, la pequeña princesa de Kennommah asió a su padre y rey por la barbilla, suave pero firmemente, obligándole a mirarla a los ojos.
- ¡ No finjas que no me escuchas, padre! ¡Esta vez no te lo consentiré! ¡Vas a decirme en este instante qué significa toda esta sarta de absurdos! - la jovencita apretó entre sus dedos las mejillas del monarca y agitó los papeles ante sus ojos con la mano derecha, apremiándole.- ¡Y quiero una respuesta ahora!!
Vehare exhaló un largo suspiro y se deshizo lentamente de la tenaza a la que su hija le tenía sometido, soltando pacientemente sus deditos uno a uno, evitando su mirada en todo momento. Cuando estuvo de nuevo libre, Vehare bajó la cabeza y, con un nuevo suspiro, anunció:
-Significa lo que significa, hija mía.
Sin embargo, en esta ocasión, las continuas ambiguedades a las que Vehare tenía acostumbrados a sus súbditos no iban a servirle como escudo… al menos, frente a su hija, no.
- ¿Sí? ¿Y qué significa exactamente? - los ojos de Rianne destellaron, iracundos.- ¿Que vas a entregar la nación sin condiciones a ese bastardo humano, como lo hicieron los cobardes de Iaiinommarj? ¿Es eso lo que quieres decir con esa estupidez de “Me siento demasiado viejo y cansado para luchar”, padre? ¡¿Es eso?! - la joven volvió a subrayar el énfasis de su frase con un nuevo golpe en la mesa, fuera de sí.
Mordiéndose los labios, Vehare fue incapaz de responder a las punzantes preguntas de su hija y, sacudido por un leve temblor, sólo pudo guardar silencio.
- ¡Por todos los dioses del Taioh, padre! – Rianne se apartó un instante de él para mirarle, con la desesperación sombreando de oscuro su frente infantil.- ¡¡Dime que este Consejo ha sido un lamentable error!! ¡Tienes más de mil años!! ¿Eres ahora demasiado viejo para luchar por tu pueblo, para defender lo que es tuyo por derecho? ¡Vamos, contéstame!! ¡Contéstame, padre!
De nuevo la pregunta de Rianne se esfumó en el perfumado ambiente del despacho real. Desolada, casi sin fuerzas, la princesa se arrodilló en la alfombra para conseguir encontrar los ojos de su rey y tener la oportunidad de reflejarse en ellos.
- ¡Padre, dime que esta carta que me enviaron a la Escuela es pura fantasía! ¡¡Dímelo, te lo ruego, necesito oírte decir que la rendición sólo es un falso rumor!!
La visión de los ojos acuosos y de súbito ausentes de su padre, en otro tiempo tan firmes y hermosos, enmudecieron a la muchacha. Aquélla era la única verdad: su padre pensaba poner Kennommah en manos del Emperador de Sárima sin ni siquiera presentar batalla por su pueblo. Ryanne se sintió de repente pequeña, muy pequeña, observando cómo la miraban, cómo la engullían, los grandes y despiadados ojos del monstruo que era su padre y además, su rey.
- Padre, por la bendita memoria de mi madre, dime que no vas a entregar Kennommah.
Riannethesse lloraba. Dos solitarias lágrimas corrían por su rostro de niña y convertían su cara en un horrendo espejo de madurez prematura. Inmediatamente Vehare sintió cómo también el llanto acudía a sus ojos, pero tuvo conciencia de que ya era demasiado tarde, que sus lágrimas no tenían perdón.
-Hija mía… mi niña…
La princesa volvió a incorporarse, y Vehare siguió sus movimientos con la vista, haciendo un tremendo esfuerzo por no bajar la cabeza como un chiquillo apesadumbrado que se sabe culpable de una travesura.
- ¿Y qué piensas que vas a hacer? - tronó la muchacha de súbito, contrariando sus propias lágrimas.- ¿Ponerte de acuerdo con ese maldito humano y firmar un tratado que sabes que no respetará? ¡Un humano que cumple su palabra!! ¡Hay que ser muy inocente para creerse eso!!
El dolor y la amargura en la expresión de la princesa habían dado paso a un desprecio tal que dolía. Vehare se sintió herido en su orgullo, herido porque fuera su hija quien cuestionara sus decisiones y herido de nuevo porque sólo era una chiquilla. Él, que había mandado ejércitos en su juventud, que había llevado a su pueblo al poder y la gloria… ahora era intimidado por una niña que había llegado a tener más fuerza y pasión de la que jamás tuvo él en su vida.
- Riannethesse, si has terminado de poner en juicio mi decisión, - logró decir, frunciendo levemente las cejas.- Estoy cansado, y me gustaría estar solo.
Rianne volvió a acercarse, poniendo su rostro a escasos centímetros del de su padre mientras le apretaba las manos con fuerza y sus ojos se abrían como flores al amanecer, despiadados y sombríos.
- ¿Por qué estás cansado, padre? ¿¡Por qué, maldita sea?! ¡No será de llevar el peso del gobierno, cuando sólo eres una marioneta de los nobles!! ¿Cuántas veces he tenido que dedicarme a enmendar tus errores? ¡Yo sí que debería estar cansada de este juego! ¡Debería obligarte a abdicar!
El terror y la indignación, a partes iguales, hicieron palidecer al excelso soberano de Kennommah mientras sus dilatadas pupilas contemplaban a su enfurecida hija, quien le apretaba las manos con una fuerza inusitada en una chiquilla como ella. Rianne, ajena a sus pensamientos, continuó, implacable:
- No vas a hacer tal cosa, ¿me oyes? No vas a regalar nuestra nación a nadie que lo reclame por puro capricho, y menos a un humano codicioso que lo arrasará a fuego y sangre! ¡Angdor el Exterminador codicia Kennommah, siempre lo ha hecho… pero no se hará con él! Mañana mismo daré orden de hacer recuento de las tropas de las que disponemos, ¡y me importa muy poco lo que opinen los Altos Generales sobre la cuestión!! ¡Su vida es la lucha, y yo les llevaré a la batalla!
Por primera vez, Vehare enfrentó la mirada decidida de su hija con otra que recordaba el monarca de antaño, el rey que había sido y al que todos habían venerado.
- No lo harás.
- ¿Que no haré…?
El rey se libró de las manos de la jovencita con decisión.
- Regresarás a la Escuela de Elwahir mañana mismo, Ryannethesse. Allí estarás segura.
- ¡No! - se rebeló la princesa, con un grito, herida de muerte en su corazón.- ¡¡No volverás a usar ese viejo truco!! No pienso regresar a Elwahir dejando el futuro de la nación en tus manos, ¡no lo permitiré!. – y añadió, señalándole acusadoramente.- ¿Por qué en esta ocasión no haces caso de los consejos de tu amante? Exhortar a los nobles a la lucha es de las cosas con más sentido común que ha hecho nunca.
Vehare entrecerró los ojos, tomando nota del reproche, y se frotó las doloridas manos, impresas con las marcas de los dedos de su hija. Se levantó del asiento, irguiendo su aún imponente figura, y dijo con dureza:
- Aún soy el rey, y harás lo que yo ordene, ¡aún eres sólo una niña! Mañana te pondrás en camino para regresar a la Escuela. Y si no tienes nada más que decir, márchate. Te espera un largo viaje.
La cólera subió a las mejillas de la princesa Flamaígnea como una oleada que iría consumiéndola poco a poco, destruyendo el frágil amor hacia su padre, que él mismo se había encargado de poner a prueba tantas veces.
Rianne se permitió la licencia de volver a llorar, pero su llanto encontró la mirada de su padre, que, tras la firmeza mostrada hacía sólo un instante, había vuelto a ser la del monarca decadente en el que se había convertido. La princesa, ataviada con un vestido de color verde esmeralda, a juego con sus bellos ojos, parecía más que nunca una muñeca maltratada por una niña… o quizá una niña maltratada por la vida, por unas circunstancias que se escapaban de sus pequeñas manitas, que sólo debían haber estado destinadas a jugar.
-Ruega porque los dioses nos ayuden, padre.- sentenció la princesa. Para Vehare, que era muy supersticioso, aquella negra afirmación fue como el peor de los augurios.- Porque si ellos no nos amparan, nadie lo hará.
Apretando la maltratada carta en sus manos, que había rescatado de la alfombra, sabiendo que nada podía hacer contra una orden expresa de su rey, que además se escudaba en su minoría de edad, dio media vuelta y abandonó las dependencias privadas de Vehare, consumida por la rabia, el dolor y la impotencia.
Vehare apenas esperó a oír el portazo que aseguraba que su decepcionada hija había abandonado sus dependencias. Sin ningún recato, puesto que ahora estaba solo, el consumido y pusilánime rey de Kennommah se derrumbó en su regio sillón, dando rienda suelta a un torrente de lágrimas tan descontrolado como su gobierno de la nación. Sabía que el amor de su hija se había abrasado en el fuego de su cólera, y deseaba morir porque perdía el único afecto sincero que le quedaba, pero se sentía incapaz de luchar por recuperarlo. Sólo quedaba en él un hondo sentimiento de haber traicionado a todos, a su hija, a su nación… a sí mismo.
-Eras mi niña… –sollozó Vehare de Kennommah, en otros tiempos Vehare el Poderoso, el Fuerte, el Inmortal.- Sólo una niña… mi niña… oh, dioses, ¿en qué te he convertido?
- Alteza… digo, Ryanne…
El balcón de la princesa estaba abierto, dejando entrar la brisa fresca de la noche. Shawwshants pasó la balaustrada con un salto y miró entre las finas cortinas, para ver si había llegado en buen momento o no. La sempiterna luz del candil derramaba su difuso resplandor en un rincón, pero no se veía a Rianne por ninguna parte. Sólo le llegaba, muy débil, el sonido de su voz, que entonaba una y otra vez las frases de una melodía infantil:
Los soldados del Rey
jugaban a la guerra,
toma, dale, ¿quién ganará…?
Soldado con soldado
pelean sin parar.
Shawws supo al instante que algo iba mal. Y confirmó su sospecha cuando descubrió a la princesa, sentada sobre el suelo con la espalda apoyada sobre una de las paredes, canturreando sin cesar la misma cancioncilla. A sus pies tenía desperdigados las docenas de figuritas que componían su maqueta de asalto favorita y que ambos, tarde tras tarde, habían distribuido pacientemente por el amplio territorio. Él también había tenido juegos como aquél de niño, pero siempre había terminado perdiendo la mayoría de las piezas. Rianne, sin embargo, adoraba aquella fortaleza, aquellos bosques en miniatura, y los mimaba más que a cualquiera de sus muñecas. Pero ahora tenía el objeto de su orgullo desparramado en la alfombra, inexplicablemente, sin orden ni concierto.
- Rianne… - la llamó suavemente Shawws, tomando asiento junto a ella.- ¿Qué ocurre? ¿Te ha pasado algo?
La jovencita, sin dejar de mirar fijamente al suelo, le tendió sin una palabra unos papeles arrugados que apretaba obcecadamente en la mano derecha. Shawws los cogió sin comprender, pero cuando sus ojos se deslizaron por las primeras líneas escritas en ellos, entendió la extraña reacción de su pequeña amiga.
- No hace falta que los lea. - anunció – El informe del Consejo… por la Torre corren rumores.- y añadió cuidadosamente.- Malos rumores.
- Malos rumores. – repitió la chiquilla, mirándole por primera vez. Sus grandes ojos verdes aún estaban húmedos y enrojecidos, pero ya no lloraba. Hubiera sido una grave falta para ella llorar delante de Shawwshants. - ¿Tan malos como los que circulaban por Iaiinommarj antes de que se rindieran a Angdor el Exterminador?
Shawws frunció el entrecejo, percibiendo el tono despectivo que impregnaba las palabras de la princesa y, dispuesto a partir una lanza en favor de los Iaiinommarj, respondió:
- No eres justa con ellos, Rianne. Ponte en el lugar de esa pobre gente, ¿era mejor presentar batalla que la rendición? ¡Estaban completamente cercados!
- ¡¡Ya lo hago!! - gritó la niña, desolada - ¿¡ Y eso es lo mejor?! ¡¡Mi padre quiere entregarle el país a Angdor el Exterminador y yo debo contemplarlo sin poder hacer nada más que lamentarme!! Por eso quiere que regrese a Elwahir cuanto antes. Los senadores y los demás intrigantes de la Corte saben que constituyo un peligro para ellos y le manipulan para que me quite de enmedio… y enviarme de vuelta a la Escuela es la mejor excusa para librarse de la cabezota princesita, por supuesto.
El muchacho se quedó sin argumentos ante la apasionada declaración de la chiquilla. Lo único que pudo hacer fue cogerle una mano y apretársela entre las suyas, para intentar confortarla un poco.
- ¡Tenemos que luchar, Shawws! ¿Tienes conciencia de lo que significaría una rendición? No podemos terminar como esclavos de un Emperador cruel y despiadado, ¡sería el fin de nuestra raza! Pero mi padre no parece entenderlo, ¡dioses! ¿Cómo podría comprenderlo? Ya no es el que era… agradezco que mi madre no esté ya aquí para que pueda ver lo que pretende hacer con su gente…
Pero Shawwshants, que conocía a la princesa desde su nacimiento, se negaba a pensar que hubiese jugado ya todas sus cartas en aquel asunto, y se aventuró a preguntarle:
- Rianne, ¿qué… qué piensas hacer?
La princesa retorció las manos en el regazo.
- ¡¡No lo sé!! Formar clandestinamente una resistencia armada y reunir a mis partidarios en la Corte, ¡no sé! Suena tan sencillo, pero… ¡oh, dioses, sólo soy una niña! ¿Me seguirían?¿Quién me seguiría aparte de mis paladines y mis damas de compañía?¿Qué puedo hacer yo, Shawws? ¿Qué puedo hacer? ¡Soy una niña! ¡Una niña!
- Oh, mi princesa, no te mereces nada de esto. - el joven acarició aquellas blancas manos infantiles, y redondas y frías gotas comenzaron a rebotar en su piel. La orgullosa princesa de Kennommah lloraba, lloraba como la niña que era y como la niña que se sentía en aquel momento crucial. Se abrazó a su confidente y compañero de juegos con fuerza, mientras rompía en desconsolados sollozos que acabaron con la compostura y el aplomo que intentaba mantener a duras penas.
- ¡Es nuestro rey! ¿Por qué hace esto a su pueblo? ¡Es mi padre! ¿Por qué me aparta de todo, a mí, a su hija y heredera? ¿Por qué lo hace, Shawws? ¡Dioses, quisiera que todo esto fuera tan sólo un mal sueño!
- Desgraciadamente para todos, Rianne, no lo es.- suspiró el muchacho, una vez más impotente para ofrecer algún consuelo.- Desgraciadamente, no lo es.
Shawwshants abrazó a la princesa tan fuerte como se lo permitieron sus fuerzas. A él también le invadió aquel asfixiante sentimiento de amargura y debilidad, mientras pensaba que todo lo que le ocurría a Rianne no era sino la sucia jugada del tenebroso destino que se le avecinaba.
-“Eres mi niña, nuestra niña, la niña de Kennommah. –el joven abrazó a la princesa aún más fuerte, sollozando a su vez.- Si supiese protegerte como es debido, si hubiésemos aprendido a velar por ti, mi niña, nuestra niña, nadie podría hacerte daño… mi preciosa pequeña… ¿es ahora demasiado tarde?”
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