Sociedad Tolkien Uruguaya

Archivo para Julio, 2007


2do premio Quenta-Mellon 2005 - Autora: Susana Sussmann

Quiero agradecer a Andrés Yánez por la idea y por habernos enseñado que no siempre es cierto que el malvado bueno es el malvado muerto.
Entre las canciones que los hombres aún recuerdan vagamente en lenguas élficas, una de las más tristes ha sido la que cuenta la trágica y dulce historia de Lôthnen, la Flor del Agua, recordada en los poemas como Istarisercë, la Hechicera de la Sangre, y de su amado Alquaëlin, llamado por los elfos Güargrúma, El que Corre como un Lobo, y de cómo fueron corrompidos por el poder del malvado Melkor y volvieron junto a los Primeros Nacidos.
Se dice que Lôthnen y Alquaëlin eran inspiración de bardos y poetas por el tierno amor que se profesaban. Desde niños se sabía que iban a terminar juntos, y nadie hubiera jamás osado tratar de obtener siquiera una mirada de la hermosa Dama quien no hubiera prestado atención a otro que no fuera su eterno amor. Su boda fue de las más celebradas en Dorthonion y larga vida les fue deseada.

Cuentan que la desdicha llegó al pueblo cuando huestes de orcos llegaron a quemarlo todo, matando hombres, mujeres y niños, y llevándose a los más bellos de entre los Eldar como una burla a Ilúvatar y sus Hijos. Lôthnen y Alquaëlin tuvieron la desgracia de sobrevivir al ataque y pasaron por las más terribles torturas, que corrompieron sus cuerpos y quebraron sus almas. Pero Lôthnen esperaba un niño cuando fue capturada, y por un extraño milagro jamás perdió al bebé durante su lenta y dolorosa transformación en orco.
Sucedió que Gorgûl, la Hechicera Aterradora, como fuera llamada la desgraciada madre, dio a luz en medio de una batida de reconocimiento. Sintiendo los agudos dolores del parto y sin estar del todo consciente de lo que estaba pasándole, se separó del grupo y fue a parir entre los bosques. Carachdraug, Colmillo de Lobo, quien apenas recordaba que algo lo había unido alguna vez a Gorgûl, la vio alejarse y decidió seguirla. Nadie sabe exactamente lo que pudo suceder entre los árboles, pero los Eldar suponen y así lo relatan, que de Gorgûl nació un niño casi totalmente elfo, casi perfecto. Y que su piel blanca y sus ojos límpidos hicieron que algo de cordura volviera a los atormentados padres.

Las canciones cuentan la tortura que debió desencadenarse en sus corazones, el sufrimiento que ambos pudieron sentir cuando se dieron plena cuenta del milagro y maldición que tenían en sus manos. Dos miserables orcos con un niño elfo, al que amaban como si nunca se hubieran transformado en seres abominables.
Gorgûl y Carachdraug tuvieron suficiente sentido común para no volver con los demás orcos y huyeron del lugar. Muchas veces se sintieron tentados de abandonar al niño, a quien no se atrevieron a poner nombre, pero el pequeño mostraba signos inequívocos de la corrupción de su madre. En otras ocasiones pensaron en darle una muerte rápida y sin dolor, para que no tuviera la desgracia de crecer como un paria, pero siempre les faltó valor. Y por meses vagaron por la Tierra Media sin darse apenas cuenta de que cada paso que daban los acercaba más a las tierras de los Primeros Nacidos y que pronto su presencia no tardaría en ser descubierta.
Así fue como un grupo de exploradores los vio una tarde, mientras ellos disfrutaban de una frugal comida a base de la poca caza que Carachdraug había podido conseguir. A la vista de orcos, aunque fueran solamente dos, los exploradores no vacilaron en atacar, y las flechas hirieron a Gorgûl y mataron a Carachdraug. Gorgûl se lanzó sobre el pequeño para protegerlo con su cuerpo, pero los Eldar creyeron que habían robado a un niño elfo y trataba de comérselo. Uno de ellos sacó su espada sin pensarlo y la apartó del bebé golpeándola con el mango. Gorgûl se puso frenética y sus instintos se impusieron al sentido común. Se lanzó rugiendo sobre el elfo, quien la atravesó con un golpe de su espada. Gorgûl cayó al suelo mortalmente herida, escupiendo sangre.

Y así el otro Eldar, que sostenía al niño en sus brazos, vio las lágrimas que caían de los ojos del orco moribundo y, pestañeando con incredulidad, cayó en la cuenta de que era muy delgado para ser orco y que el bebé era un elfo deforme. Siguiendo un inquietante instinto se acercó al moribundo y le preguntó quién era. Gorgûl sólo atinó a susurrarle que criara a su hijo, que él no tenía la culpa de lo que habían sido sus padres, y dicho esto quedó inconsciente.

Viendo el error que habían cometido, los Eldar curaron al orco herido lo mejor que pudieron y quemaron el otro cuerpo como si de un elfo se hubiera tratado. Cuando Gorgûl volvió en sí, luego de semanas de luchar contra la fiebre y la infección, se encontró en una cama suave que le trajo recuerdos de cuando no había sido un monstruo, y se incorporó y vio una cuna cerca de la cama. Su hijo estaba allí. Y la Dama que lo atendía lo llamaba Lissënónar, Dulce Nacido. Gorgûl suspiró como si fuera un elfo, pero de su garganta salió un gruñido de orco. La nana dio un salto y puso cara de espanto, a punto estaba de salir corriendo, cuando un elfo alto y bien vestido entraba en la habitación.
Cuentan que el Señor de aquellas tierras escuchó la historia de boca de Gorgûl, y que su dolor fue grande y su rabia inmensa. Dicen que juró eterna venganza de los Primeros Nacidos en contra de Melkor y que sus descendientes se contaron entre los más valientes que lucharon por la Tierra Media. También se cuenta que Gorgûl lloró mucho la muerte de su esposo, y que los Eldar cantaron largas noches por el reposo del alma del que recobró la cordura y la virtud. Por mucho tiempo no volvió a saberse de orcos hembras, por lo que los Eldar supusieron que Melkor aprendió de su error y nunca volvió a capturar mujeres para sus terribles designios.
Y esta historia hizo más sabios a los elfos, que comprendieron que la maldad no es algo absoluto en el mundo, que hasta los más malvados pueden tener bondad en sus corazones, porque sólo son desviaciones de los Hijos de Ilúvatar.

A Gorgûl se le permitió partir con Lissënónar de los Puertos Grises hacia Valinor, como compensación a todos sus sufrimientos. Su cuerpo jamás volvió a ser bello como el de un elfo, porque la corrupción de Melkor es incurable, mas en ese feo cuerpo habitaba aún el alma de una madre Eldar llena de amor.

Aún hoy los hombres que habitan las tierras que una vez fueron hogar de los elfos esperan que volverán de las Tierras Imperecederas los descendientes de Lissënónar a enseñarles que entre el blanco y el negro hay muchas tonalidades de gris, y que lo único que Ilúvatar creó en realidad fue bueno, y que la maldad sólo es una enfermedad contra la que deben luchar y vencer.

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1er premio Quenta-Mellon 2005 - Autora: Laura Rodríguez

La suave brisa de primavera acariciaba delicadamente su rostro, mientras que un solitario mechón de oro de su sedoso cabello se encontraba atrapado en esa delicada danza. Aldamir dejó escapar un pequeño suspiro. “Es bueno regresar”- pensó – “y tras casi mil años, todo se ve precisamente igual”. Vagó por los bosques… cantando para sí mismo, admirando cada árbol, cada pimpollo floreciente, hasta la más diminuta de las hojas. Todo era perfecto, y permanecía igual a como lo había visto él una y otra vez en sus sueños desde el momento en que se había marchado, hacía ya mucho tiempo.

Perdió la noción del tiempo, pero el tiempo ya no era importante, pues él había regresado, y la guerra había acabado… no más sufrimiento, no más dolor. Finalmente, Arda había recobrado su paz.

Aldamir permaneció allí sentado, disfrutando cada parte de ello, y sintió, y escuchó, y olió… Anar se puso y salió muchas veces y aún así, él no se movió. La suavidad del pasto, las voces del viento, el aroma de la tierra, el sonido del agua, y esa esencia… esa familiar aunque irreconocible esencia deleitaba cada uno de sus sentidos.

Un buen día, cuando Aldamir estaba perdido en sus pensamientos, lo escuchó por primera vez: un ruiseñor. Su canción le traía reminiscencias de algo, pero no lograba recordar de qué. Se remontó a sus recuerdos más antiguos en busca de la canción del ruiseñor, y su significado… entonces, finalmente la relacionó con esa esencia, esa dulce esencia… y sintió una amarga punzada de dolor. “Elwing”– susurró, y entonces fue cuando se dio cuenta: ella ya no se encontraba allí. ¿Cómo pudo haberla olvidado? Su dulce Elwing…

Su corazón se sumió en las sombras del dolor y el sufrimiento, y todos los bellos sonidos y sentimientos que había percibido momentos atrás se extinguieron por completo. “Elwing…” – una lágrima solitaria recorrió su rostro – “… mi hermosa dama Elwing…”-suspiró. Aldamir se sentía perdido, desnudo en la oscuridad, toda alegría lo había abandonado. Una sombra de tristeza cubrió su delicado rostro.

Pasaron los días y Aldamir permanecía en ese mismo lugar. Se sentía vacío, desesperanzado… y estaba furioso: nunca podría perdonarse por olvidarla.

El ruiseñor era su única compañía, pero él también estaba triste, ya no se atrevía a cantar, sólo permanecía allí: observando al elfo; aquél era un elfo extraño. Sus ojos estaban vacíos, llenos de pena, e… ¿ira? Sí, ese extraño fulgor era ira; ya lo había visto antes… tantas almas habían caído a causa de ese fulgor… El ruiseñor estaba determinado a cuidar al apenado elfo; no iba a dejarlo caer en las sombras.

La esperanza había abandonado a Aldamir, ya no se movía. Ahora era sólo parte del bosque, prácticamente ya se había fusionado con la roca en la que estaba sentado, cuando volvió a escucharlo. El ruiseñor comenzó a cantar, y el corazón de Aldamir volvió a llenarse de alegría, aunque aún no comprendía por qué. Escuchó al pájaro por un momento, casi perdido en su canción. Y entonces sintió esa dulce esencia nuevamente: pero esta vez, la sensación era diferente, esta vez, era mucho más… real.

El ruiseñor seguía cantando; y Aldamir se sintió vivo otra vez. De repente, sintió la necesidad de darse vuelta, de mirar por sobre su hombro. El ruiseñor y él ya no se encontraban solos… había alguien más en el claro. Él sabía de quién se trataba, pero… no podía ser… era imposible. Y aún así, sabía que era ella. A pesar del hecho de que su cabeza le decía que ella se había ido, su corazón le decía lo contrario.

Finalmente, logró reunir todo su coraje y lentamente, suavemente, se dio vuelta. El ruiseñor cantaba más fuerte ahora.

Y allí, justo en frente de él había un par de centelleantes ojos verde esmeralda, los mismos ojos con los que había estado soñando durante años. Estudió el rostro que los rodeaba… cada una de las delicadas facciones, cómo estaba enmarcado por esos perfectos rizos dorados… los conocía demasiado bien: “¡Elwing!”- exclamó.

Una cálida, resplandeciente sonrisa se dibujó en su cara… ”Aldamir…”

Había regresado. Él nunca se había sentido tan feliz, tan vivo, tan… completo. Permanecieron allí, mirándose a los ojos, perdiéndose en aquél par de ojos que estaba frente a ellos, devolviéndoles la mirada.

Y luego de un extenso y alegre momento, la canción del ruiseñor se extinguió. Y Aldamir volvió a la realidad. “¿Cómo…?”- comenzó, pero la dulce y grave voz de Elwing lo interrumpió “Aldamir… ha pasado tanto tiempo…” Él tomó su mano. “Elwing, mi Elwing, ¿Cómo puede ser esto posible? Creí que te habías ido, que te había perdido… para siempre…”

Elwing dejó escapar un profundo suspiro, “Sí, me fui… y también te fuiste tú, mi amado.”-murmuró.

Aldamir la observó incrédulo ¿Qué quería decir con eso? Acaso estaba… no, no podía estar… no… podía haberse ido… ¿o sí? Pero, si lo estaba… bueno, significaba que estaban juntos otra vez. Se habían reencontrado después de todo, y eso era lo único que importaba. Quería saber qué había ocurrido. ¿Dónde estaban? ¿Qué había sucedido con el bosque…? ¿Qué había ocurrido con el ruiseñor…? Miró a su alrededor, ni el ruiseñor ni lo árboles estaban a la vista. Habían estado de pie en el centro de un pequeño y verde claro, en el corazón del bosque. Pero ahora se encontraban en un hermoso salón. Paredes y columnas de piedra blanca los rodeaban.

Era una gran habitación, iluminada por la luz de alguna clase de extrañas lámparas que a Aldamir le recordaban a las majestuosas estrellas de Varda… La pared a su izquierda estaba decorada con enormes e impresionantes murales. Representaban grandes batallas, batallas de los elfos, batallas de los hombres… batallas de antaño. Fue entonces cuando notó uno particularmente grande: en él había un hombre, un hombre alto. Sus ojos y su rostro estaban llenos de luz, de una luz extraña. A su lado había una mujer, una hermosa dama, su rostro y sus ojos portaban la misma luz. Los ojos de Aldamir comprendieron de inmediato…

“¿Dónde estamos…?”- preguntó finalmente, ya conociendo la respuesta.

“¿No lo sabes? – preguntó otra voz, una grave, serena y sabia voz. Era la voz de un hombre.

Aldamir se volvió en seguida. Frente a él, estaba el mismo hombre que había visto en el mural apenas unos segundos antes… Asintió con su cabeza y dijo con voz débil: “Sí, lo sé, ¡oh Juez de los Valar!”- y se inclinó ante él.

Námo caminó lentamente hacia Elwing y Aldamir. “Veo que finalmente se han reencontrado” – Ambos asintieron. – “Considerando que Elwing decidió esperar a su amado para tomar alguna resolución, es ahora tu responsabilidad, Aldamir, decidir si deben quedarse aquí o en la morada de mi hermano, o ser enviados otra vez a Arda.”

Aldamir miró a Elwing; no había necesidad de usar palabras. Sus ojos le decían todo lo que necesitaba saber: extrañaban el bosque, su bosque… aunque no deseaba abandonar Aman. Se volvió para enfrentar Námo una vez más. Aldamir sabía lo que debía hacer…

“Desearíamos quedarnos…” – volvió a mirar en los ojos de Elwing, y ella le dedicó una sonrisa para tranquilizarlo - … en Aman, aunque extrañamos el bosque…”

“Entonces, supongo que deberían quedarse con mi hermano, a partir de este momento son libres de irse… nuestra tierra es su hogar.”

Aldamir tomó la mano de Elwing en su mano y se dirigió a los jardines. La mujer en el mural los estaba esperando allí fuera.

“Entiendo que eligieron permanecer aquí, entre nosotros. Sean bienvenidos, Ahora, ésta es Melian, ella los guiará hacia su nueva morada.”
Y así siguieron a la Hermosa joven, vestida en un exquisito vestido de seda gris. Ella los guió a un maravilloso bosque. En el corazón de éste, había un enorme claro… tenía un gran parecido con el claro en el Aldamir había encontrado al ruiseñor unos días atrás. Pudo vislumbrar entre los árboles una gran y delicada casa de madera. Los alrededores de la casa estaban repletos de bellas flores salvajes; y en el aire flotaba la más dulce esencia que jamás hubieran percibido. En el horizonte podían ver una majestuosa cascada.

Aldamir miró a Elwing, nunca había visto a sus ojos brillar como lo hacían en ese momento. Entonces supo que había tomado la decisión correcta, sabía que ambos serían felices ahora, y que nada nunca podría hacer que la dicha que los embargaba desapareciera, nada. Ya no debían preocuparse por la Guerra, por el destino de Arda…

Y fue entonces, sólo entonces, cuando volvió a escuchar al ruiseñor cantando.

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1er premio Quenta-Mellon 2004 - Autor: Anarninquë

Luego de las Cuatro Edades del Sol, luego de la Edad de la Noche, y tres Edades más que dejaron su huella en la Tierra Media.

Cuando los elfos ya habían abandonado la Tierra Media, dejándola sujeta a la suerte de los hombres, cuando los enanos se habían internado en sus oscuras y sombrías montañas, donde terminaron sus largas vidas, y los hobbits, con todos sus cantos y fiestas, a la larga fueron ‘desapareciendo’ a los ojos de los mortales.

Fue ahí, cuando los hombres reinaron y gobernaron el largo y ancho de la Tierra Media. Gobernaban desde las “Montañas Grises” (bien al Norte de la Tierra Media), hasta el desierto casi inhóspito del Harad.

Todo era dominado por los hombres, desde las hermosas llanuras, en lo que antaño fuera Lórien, o las hermosas colinas, donde antes hubiera un lugar llamado Comarca, donde según cuentan las historias, vivían unas personitas muy pequeñas, a quienes se les llamaba Hobbits, pero que con el paso de los años, fueron “extinguiéndose”.

Pero al igual que Isildur cayó en la tentación del Poder del Anillo. El Poder domina todas las débiles almas mortales, y la Tierra Media, comenzó a dividirse, primero en pueblos y ciudades que se enfrentaban por comercio, o riquezas, pero luego de varios años, la lucha por el Poder fue tal, que terminó dividiendo la Tierra en cuatro grandes reinados mortales:

Uno de ellos era Lodor, que se ubicaba en lo que antiguamente fuera Rohan, Gondor, y parte de Mordor.

Lo que anteriormente había sido La Comarca, con sus bosques y sus flores, sus pájaros y sus aromas dulces de una tarde cálida, era ahora el Reinado de Gardos.

Lo que hubiera sido el, ahora devastado, Bosque Negro, paso a ser territorio de los Bazorianos, que defendían el reino de Bazor.

Y por último, Cimnias, cuyo territorio fue lo que en un tiempo fuera la región de Rhun, donde viviera la raza de los Dorwinrim.
Estos cuatro Reinos, se enfrentaron en una absurda lucha por intentar dominar la integridad del mundo, pero la ambición del hombre lo llevó a su ruina.

Los pueblos de los distintos reinados, se enfrentaban brutalmente, en una lucha de todos contra todos, en un intento incoherente de ser el más poderoso, de tenerlo todo, de jugar a ser Valar, creyendo que se puede tenerlo todo, de modificar todo a su antojo. Los hombres eran inteligentes, pero su avaricia era más poderosa que su inteligencia. Pero en esta innecesaria y cruel lucha, nadie podía ganar, o al menos, eso era lo que creían los guerreros de Lodor, Bazor, y Cimnias. Puesto que estos tres Reinados no sabían la sorpresa que los Gardonianos les tenían preparada.
El reinado de Gardos, quizá el menos belicoso de los cuatro, tenía un arma oculta, que podría inclinar la balanza a su favor.

En Gardos, aunque no había tantos guerreros como en los otros reinos, sí había una gran cantidad de magos, y alquimistas, y fueron estos los que descubrieron una innovadora manera de matar. Descubrieron un polvo que mataba mucha gente, más rápido, incluso, que un buen veneno, era un arma que se podría calificar de destructiva e inhumana, ellos la llamaron Pólvora.

Era sumamente eficaz y con pocas cantidades se podía matar y destruir. Y fue esto, lo que por medio del fuego, los llevó a la victoria.

Crearon armas llamadas “bombas” y “cañones”, que fueron más destructivos que cualquier arco o espada. Y así, usando este pequeño gran truco, mataron a todos y cada uno de los habitantes de Bazor y Cimnias, como quién mata un ave para comer, la destrucción fue total, murieron hombres y mujeres; adultos y niños, criaturas de apenas unos años, morían incrustados en el filo de una espada, con la sangre emanando de su pequeño pecho de niño; o atravesados por una o más flechas, que zumbaban todo alrededor; o tal vez, algunos hayan tenido el cruel destino de morir quemados, o por una explosión de esas “cosas nuevas”, a las que los mayores llamaban bombas.

Y al fin, luego de que todos los Bazorianos y Cimnias hubieran muerto, hubieron de enfrentarse los dos mayores reinados: Gardos y Lodor, la lucha fue sangrienta, y ambos bandos se debilitaron mucho, y poco a poco, día a día, las poblaciones disminuían, las huertas se destruían y las casas se quemaban.

Y así fue, la vida siguió, y poco a poco, a medida que el Tiempo, con su persistencia casi mágica, seguía, sólo como él sabe seguir, ajeno a todo y a todos. Sin importar lo que pasara, cada segundo corría detrás de su anterior hermano. Nada lo detenía, ni la muerte, ni la sangre que brotaba de los cuerpos muertos.

Y así continuó.

En las almas mortales, el poder puede más que la vida, y poco a poco los dos reinos, o lo que iba quedando de ellos, se fueron asolando mutuamente, hasta que un día, quedó un único hombre sobreviviente, que buscó infructuosamente en el campo de batalla, en “El Último Campo de Batalla”, algún otro sobreviviente, pero su búsqueda no tuvo éxito alguno, no había hombre ni bestia, niño ni pájaro que pisara aquél devastado terreno de batalla. No encontró nadie del bando contrario, o siquiera del suyo propio. Y así pasó, horas buscando entre los cadáveres, pero fue en vano, lo que está hecho, así se queda. Y aquél hombre recordó en ese momento de ruina, unas palabras que su padre le había dicho cuando aún era pequeño, su padre dijo que eran palabras sabias que un día había dicho un hombre sabio, su padre le dijo: “Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos”.

En aquél momento, cuando todavía era un pequeño niño, no escuchó con la debida atención esas palabras, pero en ese momento, las palabras resonaron casi mágicamente en su cabeza.

Estaba sólo, sólo en lo que antes fuera hogar de algún hombre, o refugio de algún aventurero que debió pasar la noche a la luz de la luna. Pero eso no le importó, le importaba estar sólo.

Una sensación que nunca antes había sentido, invadió su mente, su alma y su cuerpo. Era una sensación muy extraña, como de frío, una sensación nueva para él, y para cualquier hombre, o ser viviente que hubiera podido experimentarla. Y de pronto, como de la nada, el cielo comenzó a abrirse, las nubes se esfumaron en un simple soplido de viento, y ahí estaba, era Él, era Eru, el único; y Zarush, el último representante de la raza humana en la Tierra, lo miró, con sorpresa, y miedo. Casi sin saber quién era, aunque si lo imaginaba.

Cuando aún se encontraba en medio de sus pensamientos, una voz bramó como un trueno, que parte el cielo en una noche cálida, unas palabras que sacaron a Zarush de sus pensamientos profundos.

– Mira lo que ha hecho tu raza – dijo la voz, y luego de una pausa, prosiguió – destruyó plantas y bosques, secó ríos y arroyos, incendió ciudades y pueblos, mató, rompió, torturó y destruyó –

A medida que Eru pronunciaba cada una de esas palabras, todas esas cosas pasaban ante los ojos incrédulos de Zarush, que no podía más que observar y llorar.

– Eres el Último Zarush, los hombres, tu especie, ya no es fecunda, la vida ya no tiene sentido en la Tierra, lo que con tanto amor, trabajo y esfuerzo fue creado en una Canción, fue destruido con un Himno de guerra –

Zarush no podía más que pronunciar unos leves balbuceos.

– ¿Quieres que se te conceda alguna gracia especial antes del Final? – Preguntó Eru.

– Sí – alcanzó a decir el hombre, que casi no tenía palabras para hablarle – Sí…, … qui … quisiera que se me conceda el perdón para mí, y mi especie – alcanzó a decir, entre lágrimas y titubeos.

Zarush comenzó a sentir una música hermosísima. Ningún adjetivo podría describir el placer que esa melodía generaba, ni el estado en que Zarush tenía el alma.

A medida que la música proseguía, las cosas desaparecían, se esfumaban en el aire. El fuego, el agua, la roca, los árboles, todo esto desaparecía ante la mirada incrédula de Zarush, quien no lograba entender lo que apreciaban sus ojos. Y por último… …la vida desapareció en toda Ëa.

En un torbellino de rayos, estruendos y luces, desapareció todo lo que quedaba de Ëa, y con ello, Zarush, también desapareció y sólo quedó Vacío.

No quedó ningún rastro de tiempo ni de espacio.

Y en el final, sólo quedó Erú, el Único, que en Arda fuera llamado Iluvatar.

Y así, como de la nada, como en un soplo mágico, se fue, nadie sabe a donde, montado en un blanco y radiante unicornio, tan majestuoso como Él mismo.

Y así, sin más desapareció, y se perdió en la historia de la historia, que nunca será recordada por nadie ni por nada.

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La Sociedad Tolkien Uruguaya (STU) es una organización sin fines de lucro (personería jurídica en trámite) que tiene como objetivo estudiar, comprender y difundir la vida y obra del Profesor J.R.R. Tolkien.

Un poco de Historia

La historia de las organizaciones espontáneas relacionadas con la vida y la obra del Profesor J.R.R. Tolkien se remonta a 1965, cuando Richard Plotz, estudiante de la Universidad de Columbia, en los Estados Unidos, creó el primer Club Tolkien.

Ese mismo año, el club se convirtió en la Tolkien Society of America (luego nuevamente rebautizada como la actual The Mythopoeic Society).

En ese entonces, como ahora, las Sociedades Tolkien congregaban a admiradores de J.R.R. Tolkien y de su obra, que usaban como apodos los nombres de los personajes de la Tierra Media, que recordaban las intrincadas genealogías de hobbits, elfos y enanos, que discutían temas relativos al poder de los Anillos, que trataban de aprender los lenguajes de los elfos, que se vistían como los personajes de los libros, que se reunían a comer comida hobbit (o al menos celta o medieval) y a tomar cerveza (y té con bollos, y a fumar en pipa, algunos)…

En 1969, se fundó en el Reino Unido The Tolkien Society, actualmente la más importante del mundo. Es la más importante, en parte, porque es la Sociedad del Reino Unido, el país donde Tolkien vivió y escribió su maravillosa obra; pero también lo es por su organización y su relación con el resto de las entidades del mundo.

A los largo de las décadas siguientes, fueron apareciendo Sociedades Tolkien en Suecia, Noruega, Países Bajos, Suiza, Argentina, Bélgica, España, Finlandia, República Checa, Italia, Francia, Alemania, Dinamarca, Chile, Colombia, México, Brasil, Perú y muchos países más.
La Sociedad Tolkien Uruguaya, fundada a principios del año 2003 a partir de un movimiento generado en la lista de correo electrónico Tolkien-Uruguay, mantiene contactos con la Tolkien Society de Inglaterra, la Sociedad Tolkien Argentina y todas las demás Sociedades latinoamericanas, y estamos abiertos a todos los tolkiendilis del Uruguay, o de otras partes del mundo, que deseen en forma más o menos activa participar de debates, reuniones, eventos y otras actividades afines.

Para contactarnos o asociarte a la S.T.U. puedes escribir a: stu [@] tolkienuruguay.org

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